¿Un pueblo fantasma?

Hoy escuchaba una vieja canción que mencionaba un pueblo del que todos se iban, donde las madres veían a sus hijos partir, personas que decían que se iban para no volver;  también leí un libro llamado “Pedro Páramo” donde cuentan de alguien que vuelve a un pueblo que al final solo quedaban fantasmas que ni sabían que lo eran; otra canción refiere algo parecido: un pueblo donde solo quedan jóvenes los recuerdos de los que ya ni fuerza tienen para estar en pie…

Recordé por un momento aquel pueblo de mami, al que hace años no visito, precisamente porque no queda más que polvo y casas de madera, que siempre tendrán el mismo diseño, donde cada una de esas casas me sirvieron de referencia para no perderme para llegar a la casa de tía Candita.  Un pueblo del que decía tantas veces que es posible cruzarlo en solo quince minutos a pie.

Llegó a mi mente la tía refunfuñona que estaba en pie desde las cinco de la mañana haciendo café y hablando con más personas que nunca entendí que buscaban tan temprano en “casa ajena”… Tomando en cuenta que en aquel pueblo no había “casa ajena”, porque todos entraban y salían, no había puertas cerradas y por la cocina pasaba todo el que quería cruzar de la casa del lado a la del otro lado.

Recuerdo como la inocencia que había en mi se mezclaba con decenas de hombres en la madrugada solo para participar en la laboriosa obra de hacer el pan de aquel pueblo, me fascinaba ver toda esa harina y hornos encendidos y luego llevarme mis dos panes para saborearlos con café en una de las pocas tazas amarillentas que tenía que haber sido parte de la primera vajilla de mi anciana tía.

Los fines de semana que iba de visita a ese pueblo, salía corriendo con mi primo solo para escuchar la famosa sirena de los bomberos, que sonaba puntual tres veces al día y hasta dar vuelta a la manzana solo para aprenderme caminos diferentes para llegar a la casa era divertido.  Aquella cama incomoda, la que era para las visitas, corretear pollitos y gallinas que los defendían correteándome, jugar con el barro los días de lluvia.

Hoy heredé el levantarme tan temprano y preparar café, aunque el ritmo de vida me pide a gritos que olvide esas recuerdos y duerma un poco más.

Cuando escuchaba esas canciones me di cuenta que yo también tengo un pueblo fantasma, donde no tengo ni la mitad de los gratos recuerdos que podrían tener mis familiares. 

Sé que muchos de los que ya se han ido de ahí, están lejos de aquel sol que daba tan de lleno y que aun así no daba tanto calor, lejos de ir al colmado de Domingo o donde “la comadre” (que era la madrina de medio pueblo) y hoy están en las grandes ciudades viviendo las grandes diferencias, algunos ya se han ido hacia la eternidad, otros aun viven algo escondidos en algún paraje del mismo pueblo, otros en la ciudad traen cada día una anécdota que hoy le resulta chistosa aunque en aquel entonces les fuera un momento difícil...

Para estos “llaneros” solitarios, que sigan teniendo lindos recuerdos…

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